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Hemos tenido oportunidad de ver la última creación de la compañía Organik en la Casa de Cultura de Lutxana. El espectáculo que ha estado en una serie de plazas de Euskal Herria ha sido adaptado para sala y lo han dado en el hall de las antiguas escuelas, con los miembros de las asociaciones jóvenes del lugar y los espectadores que hasta allí nos habíamos acercado sentados en el suelo.
La función comenzó con la presencia de Itziar Madariaga, puesto que, excepto las últimas canciones, ella ha compuesto e interpreta en el teclado de un sintetizador toda la música de la pieza. Sus atmósferas, ritmos y sonidos electrónicos repetitivos serán el eje central de este trabajo y el alma de lo que ocurra en escena. A su lado tiene a Alain Sanz, tocando el platillo de vez en cuando, y en otras ocasiones tomando parte en la propia escena, tanto por medio de la palabra como de la danza.
Poco a poco irán apareciendo los bailarines –dos chicas y dos chicos–, por todas las puertas que nos rodean. Al principio visten ropa de invierno y anoraks, porque la temperatura es verdaderamente fría, pero después del primer ejercicio físico irán aligerando su vestuario. Este asunto del vestuario es digno de mención porque en el estilo de la compañía Organik la naturalidad es una de las características principales. O deberíamos hablar del efecto naturalidad, puesto que como todos y todas sabemos, en las artes escénicas suele haber una increíble elaboración tras los gestos aparentemente naturales.
La pieza, en general, reflexiona sobre la tensión de la vida moderna y en ese sentido es especial la estructura del trabajo, que intercala entre la danza interrupciones surgidas del estrés. En los pasajes de danza resulta muy agradable ver los cuerpos de los bailarines dejarse llevar por efecto de la música de Madariaga, y se consigue una notable frescura al cambiar de frase coreográfica a la voz o silbido de uno u otro compañero/a.
Para visualizar el agobio que la vida produce se intercalan una serie de divertidos diálogos, tales como aquél en el que tres compañeros interrumpen el solo de Helena Golab para concretar entre los cuatro si mañana dispondrán de cinco minutos para hacer esto o lo otro. Los momentos de humor, por tanto, tienen su importancia a lo largo de la función, y entre ellos resultan muy interesantes la ironía de las palabras rimbombantes que escuchamos en la sesión de relajación, o también la patética escena del puzzle.
A medida que avanza la coreografía aumentarán los momentos de tensión, intercalando en todo caso los temblores, convulsiones y gestos de danza alterados con graciosas discusiones y tiempos verdaderamente relajados. Como en el momento de disfrute de la escena final, en el que un clon de Stevie Wonder cantó el conocido We are the World dejando entre los espectadores incontenibles carcajadas y una sensación absolutamente positiva.
Agus Perez
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