martes 10 de febrero de 2009

Hormonas en Danza

Traducción de la crítica publicada en el diario BERRIA, el 29/ I / 08

LILAS

Tienen las hormonas en danza las tres mujeres que se encuentran en escena, puesto que su influencia es el pretexto para el trabajo que acaba de estrenar Natalia Monge. Tras una primera aparición a espalda desnuda, cada una se pondrá su vestido y sus tacones: el de Pilar Andrés es rojo, el de Helena Golab a flores e Izaskun Santamaría lucirá un largo vestido negro de gala.

En un principio las tres se moverán como si se encontraran delante del espejo, antes de dirigirse a efectuar compras compulsivas, pero la inicial sensación de glamour va a durar poco, dado que la intención de la directora es analizar las situaciones femeninas empleando el humor con el estilo directo, fresco y agradable del grupo Organik. Por esa vía, el trío de bailarinas en tacones pasará de hacer compras a practicar el deporte vasco, entrelazando magníficamente el trabajo físico y la parodia del aspecto femenino. A lo largo de la función harán surgir otros cuantos momentos especiales junto con los numerosos cambios de vestuario. En uno de ellos, por ejemplo, las tres se mueven a cuatro patas, como fieras fascinantes, y en otro representan incluso el orgasmo desde un punto de vista de crudeza cómica.

En este bonito trabajo sobre las mujeres no se agotan todas las posibles reflexiones relacionadas con el tema, pero entre ellas resultan especialmente sinceras la que habla de la sensibilidad extrema y la descripción de los cambios de estado anímico provocados por la menstruación. Para ese tipo de escenas la coreógrafa asocia enriquecedoramente la palabra y la danza, contrastando el discurso aparentemente improvisado de una de las bailarinas con el movimiento corporal de las otras dos y desarrollando a partir de ahí evoluciones de las tres en paralelo.

Pero, por detrás del interés del tema y por encima de la limpia ejecución de la danza, se ha impuesto la coordinación entre todos los elementos. Podríamos destacar en ese sentido la dramaturgia, las transiciones y el diseño de luces, pero la música de Itziar Madariaga merece especial mención. De hecho, sus comedidos ritmos jungle y techno, sus sonidos industriales y electrónicos y la bellísima composición de piano que hemos oído en la escena final tienen en ciertos momentos más densidad que la propia danza y comunican una gran integridad a toda la pieza.

Agus Pérez

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