viernes, 15 de octubre de 2010
martes, 10 de febrero de 2009
Terror ácido. ORGANIK impresiona con Malditas
MALDITAS
El año pasado Alberto Saavedra paseó por varios festivales unas extrañas esculturas-maniquíes, basadas en la película "El pueblo de los malditos", de unos niños rubios, pecosos y perfectos, con una mirada inquietante y una expresión de mala leche. Toda una imagen de pesadilla. Ahora, esta imagen cobra vida de mano de ORGANIK y "Malditas", añadiendo a siete de estas esculturas, cuatro bailarinas, perfectamente caracterizadas, y una desquiciada y delirante cuidadora, que, evidentemente, perdió la cordura ante la crueldad silenciosa de los ñiños. La compañía de danza tenía en su mano un gran reto: lograr una transición natural entre las pétreas criaturas de Saavedra y las bailarinas de carne y hueso, dotadas de movimiento, capaces de transmitir las mismas dosis de inquietud y de terror. Finalmente, la recreación amplifica con creces las intenciones originales, a partir de coreografías deliciosamente cuadriculadas y de una sucesión de miradas, gestos y expresiones de falta de inocencia. ORGANIK ha sabido sacar partido del poder sugestivo del contacto directo con el público, trabajando con algo tan complicado como el terror, siempre desde una perspectiva socarrona y cínica, como la propia mirada de los "malditos", y dejando claro que las artes escénicas tienen un universo por explorar en este ámbito. "Malditas" muestra cómo el poder del intérprete sobre el público se multiplica, algo que en mi caso fue favorecido por el magnífico y boscoso entorno del parque Campo Grande de Valladolid (programadores: busquen lugares solitarios; espectadores: arrímense a las primeras filas). Además, la iluminación, fría y plana, siempre lateral, y una música brillante, además de algunos trucos técnicos que no desvelaremos, ayudan de forma contundente a hacer de "Malditas" un espectáculo de atmósferas inolvidables.
Esos pelos rubios
MALDITAS
Inquietantes niñas. Clónicos personajes aparecidos de un remoto lugar. Habitantes de un tiempo extraño. Vestuario púdico, melena rubia, casi albina. Muñecas y bailarinas-actrices confundidas por su similitud en movimientos, en imagen igualitaria. Un juego de repeticiones, una uniformidad que transita en evoluciones lineales, bajo una música que acentúa en el imaginario del espectador situaciones de terror y de incomodo. Frente a las muchachas clónicas, una mujer de blanco que con otra muñeca de otra textura mantiene una relación más amable, cercana. Una muestra de sentimientos. Con las otras, solamente represión, dominio. Y en eso llega la transformación, la rebelión, se abandonan las faldas hasta debajo de la rodilla, las chaquetas de congregación mariana y aparecen ellas dispuestas a bailar otras músicas, a trasladar otras energías, hacia el color y la diversión. Pequeña metáfora libertadora expresada con mucho gracejo, en un montaje muy bien estructurado, donde la iluminación siendo sencilla, está perfectamente incardinada para subrayar los momentos adecuados, con sus apropiadas intensidades, en donde algunos elementos escénicos, los justos, pero muy bien utilizados, le dan contextualización y con ese dispositivo omnipresente de las muñecas de Alberto Saavedra, totalmente integradas y como inspiración para esta obra que se puede disfrutar por su armonía interna y, sobre todo, por la calidada interpretativa de todo el elenco.
CARLOS GIL.
Hormonas en Danza
LILAS
Tienen las hormonas en danza las tres mujeres que se encuentran en escena, puesto que su influencia es el pretexto para el trabajo que acaba de estrenar Natalia Monge. Tras una primera aparición a espalda desnuda, cada una se pondrá su vestido y sus tacones: el de Pilar Andrés es rojo, el de Helena Golab a flores e Izaskun Santamaría lucirá un largo vestido negro de gala.
En un principio las tres se moverán como si se encontraran delante del espejo, antes de dirigirse a efectuar compras compulsivas, pero la inicial sensación de glamour va a durar poco, dado que la intención de la directora es analizar las situaciones femeninas empleando el humor con el estilo directo, fresco y agradable del grupo Organik. Por esa vía, el trío de bailarinas en tacones pasará de hacer compras a practicar el deporte vasco, entrelazando magníficamente el trabajo físico y la parodia del aspecto femenino. A lo largo de la función harán surgir otros cuantos momentos especiales junto con los numerosos cambios de vestuario. En uno de ellos, por ejemplo, las tres se mueven a cuatro patas, como fieras fascinantes, y en otro representan incluso el orgasmo desde un punto de vista de crudeza cómica.
En este bonito trabajo sobre las mujeres no se agotan todas las posibles reflexiones relacionadas con el tema, pero entre ellas resultan especialmente sinceras la que habla de la sensibilidad extrema y la descripción de los cambios de estado anímico provocados por la menstruación. Para ese tipo de escenas la coreógrafa asocia enriquecedoramente la palabra y la danza, contrastando el discurso aparentemente improvisado de una de las bailarinas con el movimiento corporal de las otras dos y desarrollando a partir de ahí evoluciones de las tres en paralelo.
Pero, por detrás del interés del tema y por encima de la limpia ejecución de la danza, se ha impuesto la coordinación entre todos los elementos. Podríamos destacar en ese sentido la dramaturgia, las transiciones y el diseño de luces, pero la música de Itziar Madariaga merece especial mención. De hecho, sus comedidos ritmos jungle y techno, sus sonidos industriales y electrónicos y la bellísima composición de piano que hemos oído en la escena final tienen en ciertos momentos más densidad que la propia danza y comunican una gran integridad a toda la pieza.
Agus PérezEl espíritu inicial
GK PROJECT E IMPROVISACIÓN DE DANZA
SERIE IMPROS
Agus Perez
Cinco minutitos
ES3IN
Hemos tenido oportunidad de ver la última creación de la compañía Organik en la Casa de Cultura de Lutxana. El espectáculo que ha estado en una serie de plazas de Euskal Herria ha sido adaptado para sala y lo han dado en el hall de las antiguas escuelas, con los miembros de las asociaciones jóvenes del lugar y los espectadores que hasta allí nos habíamos acercado sentados en el suelo.
La función comenzó con la presencia de Itziar Madariaga, puesto que, excepto las últimas canciones, ella ha compuesto e interpreta en el teclado de un sintetizador toda la música de la pieza. Sus atmósferas, ritmos y sonidos electrónicos repetitivos serán el eje central de este trabajo y el alma de lo que ocurra en escena. A su lado tiene a Alain Sanz, tocando el platillo de vez en cuando, y en otras ocasiones tomando parte en la propia escena, tanto por medio de la palabra como de la danza.
Poco a poco irán apareciendo los bailarines –dos chicas y dos chicos–, por todas las puertas que nos rodean. Al principio visten ropa de invierno y anoraks, porque la temperatura es verdaderamente fría, pero después del primer ejercicio físico irán aligerando su vestuario. Este asunto del vestuario es digno de mención porque en el estilo de la compañía Organik la naturalidad es una de las características principales. O deberíamos hablar del efecto naturalidad, puesto que como todos y todas sabemos, en las artes escénicas suele haber una increíble elaboración tras los gestos aparentemente naturales.
La pieza, en general, reflexiona sobre la tensión de la vida moderna y en ese sentido es especial la estructura del trabajo, que intercala entre la danza interrupciones surgidas del estrés. En los pasajes de danza resulta muy agradable ver los cuerpos de los bailarines dejarse llevar por efecto de la música de Madariaga, y se consigue una notable frescura al cambiar de frase coreográfica a la voz o silbido de uno u otro compañero/a.
Para visualizar el agobio que la vida produce se intercalan una serie de divertidos diálogos, tales como aquél en el que tres compañeros interrumpen el solo de Helena Golab para concretar entre los cuatro si mañana dispondrán de cinco minutos para hacer esto o lo otro. Los momentos de humor, por tanto, tienen su importancia a lo largo de la función, y entre ellos resultan muy interesantes la ironía de las palabras rimbombantes que escuchamos en la sesión de relajación, o también la patética escena del puzzle.
A medida que avanza la coreografía aumentarán los momentos de tensión, intercalando en todo caso los temblores, convulsiones y gestos de danza alterados con graciosas discusiones y tiempos verdaderamente relajados. Como en el momento de disfrute de la escena final, en el que un clon de Stevie Wonder cantó el conocido We are the World dejando entre los espectadores incontenibles carcajadas y una sensación absolutamente positiva.
Agus Perez